¿Pasado o futuro?

He tardado un poco en volver a escribir porque tenía que ordenar mis ideas.

Mi anterior blog sólo pretendía ser una reflexión sobre la función de los libros y las estanterías, sin embargo ha despertado algunos comentarios, privados o públicos, sobre la adolescencia y lo importante que resulta mantener la mente y el espíritu joven. Todo viene porque hacía una descripción de la evolución que he sufrido desde la adoscencia en mi postura ante los libros y la pasión con que vivimos todo a los 15 años.

¿Cómo lo explicaría? No me gusta volver al pasado. Tengo una gran memoria y puedo recordar momentos y detalles del pasado que personas que estuvieron en esa situación no recuerdan. Me gusta recordar, porque es una manera de no tirar a la papelera lo vivido. No sé si cuando me siento a recordar sonrío o estoy seria (no me he observado hasta ahora, prometo hacerlo a partir de ahora), pero es una actividad que me produce placer.

Sin embargo, ha pasado. Lo viví intensamente, pero lo viví.

En la infancia hay que ser inconsciente, y mucho. En la adolescencia hay que ser apasionado, todo lo posible. En la madurez hay que ser sereno, de verdad. Creo que debemos vivir el momento que vivimos con intensidad. No podemos ser ni “peter-panes” ni “viejos-prematuros”. Me agotaría ser inconsciente como un niño y apasionado como un adolescente a los 45 años, en cambio disfruto cada momento de mi edad. Además, ahora estoy segura que por buena que sea la madurez, no será, ni de menos, tan buena como lo será la vejez.

No me gustan las teorías de la reencarnación. Me da pereza pensar que tengo que volver a pelearme con mis amigas porque me han robado un lapiz, o volver a tener los complejos de los 15 años. La vida quiero vivirla una vez, intensamente. Pero una vez y basta.

Me di cuenta de esto con el nacimiento de mi primer hijo. Las primeras semanas me parecieron maravillosas. Me daba pena pensar que eran momentos que se iban y que al cabo de un año ya no tendría ese bebé, que esos momentos durarían demasiado poco. Me parecía injusto. Y sin embargo, los 3 meses de vida del bebé eran aún mejores. Y entonces pensaba que esa sí, esa sí era la mejor edad de un hijo. ¡Qué maravilla! ¡Qué pena que se fuera a acabar! ¡Qué pena que lo que viniera luego seguramente sería peor, porque no había nada mejor que eso! Y sin embargo, los 6 meses de vida fueron mejor. Y así sucesivamente tuve estos pensamientos y sensaciones al año de vida, a los 3 años, a los 6 años… hasta ahora que tiene 13 años y me parece la mejor edad para disfrutar de un hijo.

Dice Jorge Manrique que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y yo discrepo con él: “cualquier tiempo presente es el mejor”.

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