Confieso

Lo confieso, me ha encantado y me ha ganado. Hacía tiempo que no me veía sorprendida por un libro, y esta vez, aún y siendo un superventas, me he admirado. Estoy hablando de “Jo confesso” de Jaume Cabré.

Me ha ganado. Porque he leído el libro sin saber el final hasta acabarlo. Algo que no suelo hacer nunca. Tengo la mala costumbre de – en cuanto supero el segundo o tercer capítulo-leerme el final para poder deleitarme del libro sin estar pendiente de cómo acaba y poder disfrutar cómo evoluciona la historia hacia un final que ya conozco. Reconozco que no se debe hacer y que hago trampas. Y ahora Jaume Cabré ha hecho trampa sobre la trampa. Es imposible saber como acaba el libro hasta que no lees la última frase. Es tan rico en historias, personajes, tiempos, lugares, temas, que es imposible cerrarlo sólo en un capítulo.

Hacía tiempo que leía libros que me gustaban, pero en el fondo eran más de lo mismo. Una sensación de que todos escriben igual. Bien, pero igual. Por fin, un libro escrito de forma diferente. Cómo enlaza historias dentro de un caos ordenado, dentro de una misma frase, sin preaviso, pero con todo el sentido.

¿De qué va? ¡De tantas cosas! Lo compré porque me dijeron que era la historia de un violín y que iba pasando de manos en manos. Sí y no. El violín y su último propietario (perdón, penúltimo) es la escusa para hablar del mal, del bien, del perdón, del olvido, del porqué de las cosas, del sentido de todo, de la teoría estética, del egoísmo, del amor, de la paternidad, de Dios, de los hijos, de la fe, del holocausto, de la inquisición, de las antiguedades, de las infidelidades, de aquello a lo que somos siempre fieles, de las mentiras, de la belleza…

La verdadera razón del libro está escrita en la parte de atrás de las hojas del manuscrito, que en teoría es el libro que estamos leyendo. En esa parte de atrás hay un ensayo sobre el sentido del mal. En ningún momento conseguimos leer ni una sola palabra de este ensayo, pero todo el libro nos explica las dudas, que no seguridad, que envuelven ese tema. Intuimos lo que opina el autor del manuscrito.

Sin maniqueísmos, ofreciéndonos un Dios que cuando no es intolerante es capaz de ofrecer paz al atribulado. Un Dios que aunque no existiera seguro que ofrecería la posibilidad de reunir una madre con su hija después de la muerte. ¡Qué sentido tendría sino la vida! Preguntándonos qué esperanza tendría el mundo si existiera el mal sin sentido. Intentando unirnos al dolor que produce el mal. Descubriendo los hilos que unen el mal con la intransigencia religiosa, política, racial, ideológica… Dándonos cuenta de lo difícil que resulta no hacer el mal incluso siendo buenos, de lo poco coherentes que somos.

Se intuye que el autor (Jaume Cabré), no el del manuscrito, no cree en Dios. Pero sus preguntas son sinceras y auténticas, sin dobleces, sin rencores.

Y todo ello con una historia principal que destila amor y amistad. Incluso sin ser perfectos, somos capaces de amar, en todos sus sentidos: amor paternal y maternal, amor de amante, amor de amigo, amor de consejero… enamorándonos de cada uno de sus personajes.

Una pena que se haya acabado.

 

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