Preocuparse VS Ocuparse

Hoy he pasado delante de La Caixa, donde un grupo de indignados invitaban a los coches a hacer sonar su bocina en contra del banco. A parte de la simpatía que me despierta este colectivo, me ha venido a la mente una frase que oí hace poco: “somos una generación/país que nos preocupamos mucho de las cosas pero que nos ocupamos poco de ellas”.

La dijo el psicólogo del colegio de mis hijos en una charla sobre adolescencia, en relación a la actitud de algunos padres que nos preocupamos mucho por nuestros hijos pero nos ocupamos poco de ellos.

El movimiento del 15M se inició ha un año porque preocupaba mucho la situación del país. Ha renacido un año más tarde porque sigue preocupándo mucho la crisis. Pero no nos hemos ocupado de ella ni siquera desde este movimiento tan preocupado.

Mas interesados en la asamblea, en los debates, en la crítica, en buscar formas diferentes de mostrar el descontento, todo lo que ha sido ocuparse para buscar soluciones y luchar por ellas no ha avanzado. Es decir, no nos hemos ocupados.

Otros paises, como Islandia, se han preocupado menos, pero se han ocupado enseguida.

Y que conste que lo digo con todo el cariño. Es un movimiento que me gusta, que tiene mi simpatía. Es una generación que lo tiene y lo va a tener dificil. Por esto entiendo que se preocupen, pero alguien debería decirles que también tienen que ocuparse.

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¿Pasado o futuro?

He tardado un poco en volver a escribir porque tenía que ordenar mis ideas.

Mi anterior blog sólo pretendía ser una reflexión sobre la función de los libros y las estanterías, sin embargo ha despertado algunos comentarios, privados o públicos, sobre la adolescencia y lo importante que resulta mantener la mente y el espíritu joven. Todo viene porque hacía una descripción de la evolución que he sufrido desde la adoscencia en mi postura ante los libros y la pasión con que vivimos todo a los 15 años.

¿Cómo lo explicaría? No me gusta volver al pasado. Tengo una gran memoria y puedo recordar momentos y detalles del pasado que personas que estuvieron en esa situación no recuerdan. Me gusta recordar, porque es una manera de no tirar a la papelera lo vivido. No sé si cuando me siento a recordar sonrío o estoy seria (no me he observado hasta ahora, prometo hacerlo a partir de ahora), pero es una actividad que me produce placer.

Sin embargo, ha pasado. Lo viví intensamente, pero lo viví.

En la infancia hay que ser inconsciente, y mucho. En la adolescencia hay que ser apasionado, todo lo posible. En la madurez hay que ser sereno, de verdad. Creo que debemos vivir el momento que vivimos con intensidad. No podemos ser ni “peter-panes” ni “viejos-prematuros”. Me agotaría ser inconsciente como un niño y apasionado como un adolescente a los 45 años, en cambio disfruto cada momento de mi edad. Además, ahora estoy segura que por buena que sea la madurez, no será, ni de menos, tan buena como lo será la vejez.

No me gustan las teorías de la reencarnación. Me da pereza pensar que tengo que volver a pelearme con mis amigas porque me han robado un lapiz, o volver a tener los complejos de los 15 años. La vida quiero vivirla una vez, intensamente. Pero una vez y basta.

Me di cuenta de esto con el nacimiento de mi primer hijo. Las primeras semanas me parecieron maravillosas. Me daba pena pensar que eran momentos que se iban y que al cabo de un año ya no tendría ese bebé, que esos momentos durarían demasiado poco. Me parecía injusto. Y sin embargo, los 3 meses de vida del bebé eran aún mejores. Y entonces pensaba que esa sí, esa sí era la mejor edad de un hijo. ¡Qué maravilla! ¡Qué pena que se fuera a acabar! ¡Qué pena que lo que viniera luego seguramente sería peor, porque no había nada mejor que eso! Y sin embargo, los 6 meses de vida fueron mejor. Y así sucesivamente tuve estos pensamientos y sensaciones al año de vida, a los 3 años, a los 6 años… hasta ahora que tiene 13 años y me parece la mejor edad para disfrutar de un hijo.

Dice Jorge Manrique que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y yo discrepo con él: “cualquier tiempo presente es el mejor”.

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Librerías, biobliotecas y estanterías

Creo que nunca más volveré a vivir con la pasión de los 15 años. En algunos casos, me alegro, porque es agotador. En otros, lo echo de menos.

Me gusta mucho leer, leo a todas horas. Si no tengo un libro entre manos, leo los letreros de las tiendas o las vallas de los anuncios. Algunos libros me gustan, otros no tanto, pero creo que ya nunca más volveré a sentir la pasión que sentí cuando descubrí por primera vez la poesía de la mano de Neruda, Miquel Martí i Pol o Césare Pavese, o el teatro de Ionescu e incluso Molière. Pero sobre todo la emoción al abrirme a Camus, Kafka, Pio Baroja o Simone de Beavoir. ¡Qué recuerdos! ¿verdad Pili?

Creo que hay dos motivos. Uno es personal: ya no tengo 15 años, no lo puedo evitar. Me siento joven, es cierto, incluso más joven que mis 46 años biológicos, pero no tengo 15 años. La adolescencia, con sus intensidades, se fue. Para bien y para mal.

La otra es una causa objetiva: ya no leo clásicos. La literatura actual es buena, alguna muy buena, pero sólo unos elegidos llegan a clásicos. Hay que pasar muchas pruebas para llegar a ello: superar el tiempo, las modas. No todos lo consiguen y la mayoría sólo se quedan en buenos libros.

Creo que es por esto que no quiero a mis libros como antes. Añoro aquellos 15 años cuando lo primero que hacía al comprar un libro era poner mi nombre, la fecha e incluso forrarlo para que no se estropeara. Hice incluso un archivo de fichas (en aquella época eran en papel y a mano) con el nombre del autor, el libro, la editorial, número de páginas… y en el dorso aquellas frases que más me habían impactado.

Los guardaba todos, incluso los que no me habían gustado, por orden de tipo (poesía, ensayo, novela, teatro) y por orden autor. Y así las estanterías fueron creciendo y creciendo…

Ya no. Me molesta guardar los libros que leo. Los compro, los leo y los regalo. Sólo pensar que tengo que encontrarles un sitio donde guardarlos me pone de mal humor. No tengo ninguna necesidad de que las visitas vean que además de televisión hay libros en mi casa, que soy una persona culta. Me parecen ostentosas las entrevistas aquellas en las que sale el entrevistado delante de una gran estantería llena de libros.

Ahora sólo guardo aquellos a los que realmente tengo afecto, que son todos aquellos que leí a los 15 años. El resto fuera.

Por esto he descubierto las bibliotecas. ¡Qué gran invento! Eliges el libro, lo lees, lo disfrutas y ya no tienes que preocuparte por donde guardarlo para siempre, inutil, inerte, en algún rincón. Lo devuelves y alguien – en algún momento – podrá revivir contigo – sin saberlo – las mismas emociones o pensamientos. Simplemente, se recicla. A ésto le llamo yo “ecología cultural”.

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América, qué risa

He leido “América. La aventura de cuatro mujeres en el Nuevo Mundo” de Ángeles de Irisarri. ¡Hacía tiempo que no me reía tanto!

Explica la historia de Sor Juana Téllez de Fontseca, monja de clausura y superiora de un convento tierra adentro, manca y de alta alcurnia. Oye las peripecias del descubrimiento de América (Las Indias) por parte de Cristóbal Colon y después de estar varios días de ayunas, de rodillas y con los brazos en Cruz, cree oír su vocación de vestir al menos a un centenar de indios desnudos con sayo con bragas. El convento pasa dos años cosiendo los sayos y las bragas y cuando es el momento de entregarlos, de nuevo gracias a un importante ayuno, descubre su vocación de ser ella misma quien los entregue. De este modo se embarca – sin haber pisado nunca barco – en uno de los primeros viajes a América con el mismísimo Cristóbal Colon, con otras tres “voluntarias”.

Sus peripecias son geniales. Su “descubrimiento” de esa otra realidad, alejada de la nobleza de un convento en un barco lleno de marineros y buscadores de mejor vid, intentando no olvidar su condición de monja de clausura y promesa de silencio, son divertidísimos. Pero es que llega un momento que arriban a América y por un descuido se olvidan de ellas en una playa llena de indios, donde tienen que convivir con una cultura totalmente diferente durante un año.

Me cuesta reírme a carcajadas, sea leyendo o en el cine, y con este libro me he reído sin parar. Con un sutil sentido del humor nos describe estos dos choques de culturas, sin dejar de mantener un gran respeto hacía una monja que, aunque a ratos nos pueda parecer absurda, es capaz también de respetar al diferente.

 


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Confieso

Lo confieso, me ha encantado y me ha ganado. Hacía tiempo que no me veía sorprendida por un libro, y esta vez, aún y siendo un superventas, me he admirado. Estoy hablando de “Jo confesso” de Jaume Cabré.

Me ha ganado. Porque he leído el libro sin saber el final hasta acabarlo. Algo que no suelo hacer nunca. Tengo la mala costumbre de – en cuanto supero el segundo o tercer capítulo-leerme el final para poder deleitarme del libro sin estar pendiente de cómo acaba y poder disfrutar cómo evoluciona la historia hacia un final que ya conozco. Reconozco que no se debe hacer y que hago trampas. Y ahora Jaume Cabré ha hecho trampa sobre la trampa. Es imposible saber como acaba el libro hasta que no lees la última frase. Es tan rico en historias, personajes, tiempos, lugares, temas, que es imposible cerrarlo sólo en un capítulo.

Hacía tiempo que leía libros que me gustaban, pero en el fondo eran más de lo mismo. Una sensación de que todos escriben igual. Bien, pero igual. Por fin, un libro escrito de forma diferente. Cómo enlaza historias dentro de un caos ordenado, dentro de una misma frase, sin preaviso, pero con todo el sentido.

¿De qué va? ¡De tantas cosas! Lo compré porque me dijeron que era la historia de un violín y que iba pasando de manos en manos. Sí y no. El violín y su último propietario (perdón, penúltimo) es la escusa para hablar del mal, del bien, del perdón, del olvido, del porqué de las cosas, del sentido de todo, de la teoría estética, del egoísmo, del amor, de la paternidad, de Dios, de los hijos, de la fe, del holocausto, de la inquisición, de las antiguedades, de las infidelidades, de aquello a lo que somos siempre fieles, de las mentiras, de la belleza…

La verdadera razón del libro está escrita en la parte de atrás de las hojas del manuscrito, que en teoría es el libro que estamos leyendo. En esa parte de atrás hay un ensayo sobre el sentido del mal. En ningún momento conseguimos leer ni una sola palabra de este ensayo, pero todo el libro nos explica las dudas, que no seguridad, que envuelven ese tema. Intuimos lo que opina el autor del manuscrito.

Sin maniqueísmos, ofreciéndonos un Dios que cuando no es intolerante es capaz de ofrecer paz al atribulado. Un Dios que aunque no existiera seguro que ofrecería la posibilidad de reunir una madre con su hija después de la muerte. ¡Qué sentido tendría sino la vida! Preguntándonos qué esperanza tendría el mundo si existiera el mal sin sentido. Intentando unirnos al dolor que produce el mal. Descubriendo los hilos que unen el mal con la intransigencia religiosa, política, racial, ideológica… Dándonos cuenta de lo difícil que resulta no hacer el mal incluso siendo buenos, de lo poco coherentes que somos.

Se intuye que el autor (Jaume Cabré), no el del manuscrito, no cree en Dios. Pero sus preguntas son sinceras y auténticas, sin dobleces, sin rencores.

Y todo ello con una historia principal que destila amor y amistad. Incluso sin ser perfectos, somos capaces de amar, en todos sus sentidos: amor paternal y maternal, amor de amante, amor de amigo, amor de consejero… enamorándonos de cada uno de sus personajes.

Una pena que se haya acabado.

 

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Profundidades

Estoy leyendo “Los enamoramientos”, el último libro de Javier Marias. Me apasiona Javier Marías. Para ser exactos me apasionan los inicios de los libros de Javier Marías. Creo que hay pocos escritores que empiecen tan bien un libro.

“Corazón tan blanco” me cautivó. De los otros tengo un gran recuerdo, pero si me pongo a pensar detenidamente, en realidad, tengo un gran recuerdo de su primer capítulo, no recuerdo muy bien las sensaciones del resto del libro.

En este me está pasando lo mismo, me ha enganchado y he releído una y otra vez el primer capítulo, saboreando cada palabra y cada frase, cada sentido. 

Ahora necesito mucho tiempo para seguir leyéndolo y hoy medio adormecida en el avión de vuelta a casa me he puesto a pensar el porqué y es que son demasiados profundos. Cada página es un lección de filosofía de la vida, del porque de las cosas.

En “Los enamoramientos” no hay un sólo diálogo banal. Los personajes se ven por primera vez en la vida, se encuentran en un café y enseguida empiezan a debatir sobre la vida, la muerte, la ausencia, cómo asumimos el presente, la influencia del pasado en nuestro futuro, los errores de nuestros planteamientos de vida…que sé yo.

¡Y es tan poco real! Hace unos meses almorzaba con mi amiga Pili. Es mi amiga de la adolescencia, de aquella época en que todo lo cuestionábamos. Juntas sabemos divertirnos y reír mucho, pero también sabemos pensar en compañía. Hacía años que no nos veíamos y precisamente comentamos lo difícil que es hoy en día poder mantener una conversación en profundidad, sin superficialidades. La misma reflexión me hacía una semanas mi marido.

Y sin embargo, los personajes de Javier Marías son todo lo contrario, son incapaces de mantener una conversación normal… por esto nos cuesta tanto leerlo.

Acostumbrados como estamos a lo audiovisual, donde las cosas no se cuentan sino que suceden, discursos tan largos en una conversación nos apabullan… y nos llega a parecer más creíble una loca historia sobre personajes que consiguen entrar en un ordenador a formar parte de un vídeo juego que una historia donde todos los personajes son capaces de sentarse a pensar sobre las causas, las consecuencias y las posibilidades de su existencia.

 

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Personas extraordinarias

Hay veces en la vida que te cruzas con personas extraordinarias.

Y te preguntas porqué a esas personas les ha tocado vivir momentos tan duros. A lo mejor es precisamente a base de esos golpes que se han convertido en personas extraordinarias. Y te preguntas porqué es necesario sufrir para llegar a ser extraordinario.

A veces los llegas a conocer a fondo. Otras, simplemente cruzas con ellos un par o tres de conversaciones. No se necesita más. Con esas pocas conversaciones consiguen cambiarte la vida, o la visión que tienes de ella.

Entonces das gracias a Dios por habértelos cruzado y también te enfadas con Él por haberles hecho vivir esos momentos tan difíciles.

Se reconocen rápido: son como ángeles. Su vida merece toda nuestra atención y, sin embargo, están pendientes de todos los que les rodean para que sean capaces de vivir con optimismo. Tienen una paciencia infinita. Son una gran luz en medio de la oscuridad.

Estas personas extraordinarias rompen tópicos. Por ejemplo: “Nadie está preparado para ayudar a morir a un hijo”. Ella está rompiendo este tópico.

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